Era extraña. Una completa desconocida por todos. Podría pasar desapercibida para cualquiera, incluso para mí. Pero el caprichoso destino nos presentó.
Nunca antes me había encontrado con algo similar. Se le veía triste y desolada. No lloraba, no se quejaba. Pero su cuerpo emanaba por cada poro de su piel esa tristeza que sabes que está ahí pero que no puedes ver. Y su mirada…
Nadie pudo mirarla a los ojos, jamás. Nadie la vio por dentro, nunca. Pero aquella vez fue distinta.
Me sostuvo la mirada. Sus ojos se clavaron en los míos, inamovibles. Y esta vez fui yo la que no lo pudo soportar. Aparté la mirada hacia el suelo, asustada. Era increíblemente… doloroso. Parecía imposible que algo tan puro pudiera hacer tanto daño. Pero eso me intrigó aun más, y soy muy curiosa.
Me armé de valor y volví a dirigir la mirada a sus ojos, que seguían clavados en mí, como si me quisieran contar algo, algo muy importante. Entonces el dolor, el autentico dolor penetró en mí. Mi cuerpo entero se estremeció y dejó de responderme. Sentía la sangre recorrer mis venas prendiéndolas en llamas. Se me retorcieron las entrañas y el cielo se derrumbó sobre mí.
Y a pesar de todo esto me vi obligada a permanecer allí, paralizada, sin escapatoria alguna. Sus ojos no tenían calor, parecían dos pequeños agujeros negros que atraían a los míos. Y no tenían color. No eran marrones o verdes, azules o grises, ni negros o blancos. Simplemente no tenían color.
Después me fijé en sus pupilas. Estaban muy dilatadas como si a través de ellas no pasara la luz, como si para ella el mundo fuera totalmente negro. Y fue justo allí, en sus pupilas donde vi lo que ningún ser había visto jamás.
El universo se extendió frente a mis ojos. Pero no era el universo que todos vemos, sino uno totalmente distinto, inimaginable y completamente inexplicable. Era la verdadera realidad.
Lo que todos podemos ver, pero lo evitamos. La ignorancia nos impide enfrentar la realidad, y la ignorancia es el escudo de la inocencia. Una vez que dejamos de lado la ignorancia abandonamos totalmente la inocencia, y por lo tanto, su comodidad.
Y en el momento que me di cuenta de esto me convertí en un ser único. Supe que era la única persona que me había atrevido a afrontar la realidad, cara a cara, y la había asumido. También supe que no podría compartir con nadie mi descubrimiento, pues todos se aferran a la inocencia, por poca que les quede, y jamás lo entenderían.
También supe que la realidad pesaba, pesaba mucho. Y que desde ese momento tendría que soportar ese peso sobre mis hombros, orgullosa. Y tras despedirme de mi reflejo me alejé del espejo, con la mirada perdida.